Los políticos embusteros, que son la mayoría, erosionan la democracia. Prometen en campaña lo que saben que no cumplirán, adornan cifras, manipulan discursos y disfrazan fracasos como supuestos avances. Su estrategia suele apoyarse en el populismo más desencarnado que es la emoción inmediata, en titulares grandilocuentes y en su puesta en escena cual actores o actrices, pero de reparto. Cuando llega el momento de gobernar, aparecen excusas técnicas, herencias recibidas o cambios de contexto que justifican el incumplimiento. Esa conducta no solo genera frustración social sino también desafección a lo público. La mentira repetida termina normalizándose y lo excepcional se vuelve cotidiano. Sin verdad no hay responsabilidad y sin responsabilidad no existe liderazgo auténtico. La política necesita coherencia entre palabra con la acción y sobre todo cumplimiento de lo dicho. Esto no se ve con frecuencia, sólo en contadas ocasiones, porque la mayoría de la elite política es la mediocridad con dos piernas